1.9.12

Cuéntanos Gerardo:




Recuerdo mis años de infancia, con muy pocas oportunidades escolares, pero tengo la gran suerte de que mi tierna madre Benedecta Galella me enseñe “el inmenso e ilimitado amor de Dios”. Cuando cumplo 12 años, muere mi padre Domingo Mayela y tengo prácticamente que hacerme cargo de mi familia, trabajo y aprendo en el taller de un señor sastre muy enérgico, ah como lo recuerdo…, por cierto, lo veo algunas veces; ahora se encarga de remendarles los vestidos a los serafines y a los querubines y de emparejarles mensualmente las alas, porque los peluqueros celestiales no aprenden en la tierra a emparejar alas.

La felicidad que Dios pone en mi alma cada vez madura con la certeza de que Dios siempre está conmigo y descubro muy pronto que “hacer la voluntad de Dios” es lo único importante en la vida. (Disculpen por favor que no escribo mucho el tiempo pasado, en primera porque mi formación escolar, académica, como se llame, es mínima; y en segunda porque aquí en el cielo no hay pasado, todo es presente).

Y hablando de oportunidades escolares, en este mes que la tierra vive y llaman septiembre, muchos niños y jóvenes tienen poco de iniciar su curso escolar. Me alegro muchísimo con todos los que tienen esa grande y bendita oportunidad de que sus padres, los maestros, las instituciones educativas, los gobiernos y la misma Iglesia ofrezcan a los niños y a los jóvenes la enseñanza y la educación necesarias para que todos se desarrollen en las oportunidades de trabajo, de servicio, de investigación creativa en un ambiente fraterno de paz y de justicia, y en un constante progreso de armonía y bienestar en la fe y en la firme esperanza de que nada quedará sin la justa recompensa en la tierra y la feliz y eterna bienaventuranza en la casa de nuestro Padre Dios que nos ama entrañablemente. Esto lo vivo y lo experimento siempre: Dios nos ama “inmensa e ilimitadamente”. Cuánta razón tiene mi mamita Benedecta que así me lo enseña y explica.

Cuánta razón tienen muchísimas mamás en el mundo que así lo explican y enseñan cada día a sus bebitos, a sus niños, a sus jóvenes. Muchas de ellas se acercan a mí en mis altares para pedirme que les ayude en esta ardua tarea de la educación. Cuenten conmigo, yo las escucho siempre; y cuando se trata de consolar, aliviar, proteger, educar; mis súplicas e intercesión ante mi gran amigo Jesús y su tierna y santa Madre la Virgen María les son muy agradables y me despachan muy pronto los favores. Amo y quiero mucho a todas las mamás y a sus hijos.


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